Proyecto "100 años de Miguel Delibes"

“Yo nací en Ávila, la vieja ciudad de las murallas, y creo que el silencio y el

recogimiento casi místico de esta ciudad se me metieron en el alma nada más nacer.”

Con esta frase comienza Delibes su libro “La sombra del ciprés es alargada”. Yo también he nacido en Ávila, residí allí hasta los 18 años, cuando me mudé a Salamanca a estudiar Bellas Artes y posteriormente al norte de La Península, donde vivo actualmente. Creo que, como a toda persona nacida en Castilla, el alma siempre me resuena a sus campos, a la piedra de las calles medievales y a su luz. Cuando empecé a pintar, a pintar de verdad, recuerdo que mi obsesión era trasladar al espectador al paisaje. No era un paisaje determinado, era un “ninguna parte” que a la vez podía ser cualquier lugar. Nunca quise dar una idea preconcebida a quien miraba la pintura. Sin embargo, en mi cabeza siempre estaban esos días en la Sierra de Gredos con mi padre, a orillas del Tormes o durmiendo en la Laguna Grande. Los campos nevados en invierno donde paseaba por las mañanas. Las escobas rodando el sendero, tornándose doradas y violáceas al ocaso…

Unos campos que no son solo tierra, roca y plantas. El hogar se compone de historias. Quizás Delibes en “El Camino” es capaz de sacar eso que todos llevamos dentro. Nuestra comunidad, los lazos que nos unen a los que hacen que cuatro paredes sean nuestra casa. Nuestros “Alfredos” con quien crecer, “Roques” o “Germanes” que nos hacen más nosotros. Por eso Delibes es para mí el escritor de lo humano, de la vida cercana. Del individuo en toda su dimensión.

Por eso cuando empecé a trabajar con José María Muñoz Quirós en este proyecto, tenía claro que quería pintar en ese plano de lo humano. Antes de esta nueva serie yo venía de una época intimista, en la que pintaba buscando el hacer más puro. Esto venía ligado al doctorado que me encuentro haciendo actualmente, en el que planteo una reflexión sobre el tiempo y el hacer pictórico, manejando términos como “la otredad” y la “apocrifidad” de Antonio Machado. Con estas ideas en mente, releer a Delibes ha sido además de un encuentro con una innegable realidad, la muerte, lo que me ha llevado a plantearme de nuevo como el tiempo vital y el tiempo pintura parecen desconectarse en algún punto, chocando en una suerte de duelo donde la anécdota y lo esencial convergen en la creación.

Por ello, mi primer acercamiento pictórico a este maravilloso escritor ha sido a través del que es, para mí, el vínculo más mágico de su obra. Azarías y su milana, de Los Santos Inocentes, del que he extraído este fragmento:

 

“Azarías, al ver el pájaro indefenso, se le enternecieron los ojos, le tomó delicadamente en sus manos y musitó: “milana bonita, milana bonita”, y, sin cesar de adularla, entró en la casa, la depositó en una cesta y salió en busca de materiales para construirle un nido y, a la noche, le pidió al Quirce un saco de pienso y, en una lata herrumbrosa, lo mezcló con agua y arrimó una pella al pico del animal y dijo, afelpando la voz, “quiá, quiá, quiá”, y la grajilla rilaba en las pajas, “¡quiá, quiá, quiá!”

El vuelo de la milana, el amor casi infantil que le profesa Azarías y el final del animal… la caída vertical de la muerte y un vuelo que se pierde a lo lejos. La crueldad humana. Todo eso significa Quiá.

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Siguiendo este viaje pictórico por Miguel Delibes, me encuentro con otra sensación recurrente que me traslada de nuevo a “El Camino”. Como ya dije antes, este libro simboliza para mi lo que conforma un hogar. Los lazos que forman una trama en la que encajamos como pequeñas piedras que ruedan ladera abajo hasta encontrar su sitio, entre otras piedras que han detenido su marcha y le han otorgado un espacio.

Si bien es un libro que refleja con gran dureza el final de la vida, cuando Daniel sabe “lo que es tener el vientre seco o un aborto”, o con temas como la enfermedad o la muerte de los amigos; lo hace desde un tono cercano. Con esta base, quise dibujar. Esta pareja de dibujos viene de un momento muy concreto. Estaba caminando por la ciudad y de repente, me detuve a mirar el suelo. Me fijé en sus baldosas. Todas iguales, rectas, encajadas a la fuerza, siendo algunas cortadas o rotas en el proceso con el fin de formar un suelo liso, cómodo pero frívolo a la vez. En ese momento vino a mi cabeza una escena que había vivido semanas antes. Estaba con mi padre en el Tormes, pescando en la localidad de Los Llanos, cerca de Barco de Ávila. Mi mente saltó rápidamente al verano y al embalse del Linar del Rey, a una tarde con esos dos amigos que son familia. Sin embargo, no evoqué el agua o los árboles. A mi cabeza vino el andar por las pedreras, los caminos, los senderos… el estar en el lugar. Esos momentos respiran lo hogareño, forman un suelo orgánico donde todo está justo donde encaja. No somos baldosas, somos piedras.

Para terminar este acercamiento a Delibes desde la pintura, se me hace necesario tratar el sitio, la naturaleza, la luz… Castilla. No he querido pintar un lugar, he querido viajar a través de la mirada a lo esencial del paisaje. Para ello, y sin decir más, propongo una reflexión en torno a esta frase:

“Si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo"

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II. Alguien ha pintado mis olivos o la importancia del acto vacuo

No suelo pintar figuración, aunque la palabra figuración no tenga sentido para mí. (Simplemente pinto, más bien). Sin embargo, la posibilidad de pintar un lugar tan querido por mí como esta finca me seducía de alguna manera.


Manera o forma.


Forma, seguramente.

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No quería pintar nada en concreto, elegí ese punto de vista porque desde allí podía pintar a la sombra; lo que, en pleno verano en Extremadura, era de agradecer. Tenía en mi cabeza más lo plástico que lo objetual.

 

Recuerdo un pequeño cuadro de una barca en una exposición de Boudin que era plástica pura. Violeta y ocre, eso era ese cuadro, solo dos colores. Y llegar a ser dos colores de aquella manera ya era mucho. Seguramente el pintor había entendido esos colores, y, su visión sobre esos colores era mejor que la de cualquier otro que los haya mirado nunca.

 

Yo no quería pintar ese olivo, quería pintar la visión de Boudin. Que feo suena eso, pero no creo que pueda escribir nada mejor.

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Dispuse mi caballete de campo, el cual nunca había servido para estar en el campo, era más bien un caballete de caja en un garaje; y empecé a dar el fondo.

 

Tras un tiempo me conformé con ese violeta. Dije, “qué más da, ya es un violeta”, y esperé a que secara. Me senté en el porche y comenté con mi pareja lo que era ese morado. Ambos nos acordábamos perfectamente de ese cuadro más que de ninguna gran obra de Boudin o Monet, artistas que conformaban esa exposición. Ella hace ropa, pero no ropa de la que adorna el cuerpo. Hace otra cosa. Imagino que yo tampoco hago pintura de la que adorna una pared.

 

Una conversación entre Frank Maubert y Francis Bacon termina con un magistral “la decoración, ¡Qué horror!”.

 

¡Qué horror!

Tras la comida empecé a pintar los olivos. Ya había pintado una palmera, aunque en verdad había pintado una masa rosa, una azul y otra blanca. Pintado o dispuesto, ya que el cuadro no tenía plástica ninguna. Hablamos un poco de la palmera en la comida, pero tampoco había mucho que decir. Está bien me dijeron. Si, era correcto. Una correcta masa, pero nada más allá.

Comencé marcando pequeñas masas de ocre, un ocre pálido. Intenté hacer la forma del olivo. En mi cabeza era todo ocre, ocre verdoso, blanquecino o rojizo. En realidad no había mucho ocre allí, pero el poso preconcebido de Boudin ya era muy grande. Demasiado, quizás por eso lo plástico se me alejaba. Masa o costra.

En medio hice un cuadro negro. Salió mejor que la palmera y los olivos. Imagino que por práctica más que por otra cosa. Ahí si había plástica, era solo plástica. Supongo que es lo que me atrae del negro, es materia y la materia es en esencia plasticidad.

“Pintura traza-costra” se titula un texto de Damaris Pan.

 

“¿Paisaje es dónde pones el culo o dónde pones los ojos?”

Los olivos ni eran olivos ni eran plástica. No quedé contento, pero aún así le dediqué dos sesiones más. Ni había caos ni había germen. ¡Qué horror! No había gris tampoco. Estaba leyendo a Deleuze en esa época.

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No era negro, pero lo deje secar al sol. Me quedé mirándolo y pensando. Esa misma mañana había tomado dos fotografías que quería dibujar. Había una pulsión real por lo que en ellas aparecía. La idea de pintura e imagen volvió, como siempre vuelve. La serie “Mussolini” de Millares es puramente eso. El fracaso es que, al final, el cuadro no era tal. ¿Qué diferenciaría las fotos de mis dibujos?, a parte de mi incapacidad, que siempre lastra algunas obras, no tengo respuesta para ello. Creo firmemente que, hoy en día, la pintura ya no puede ocupar un plano visual, pero iba a copiar dos fotografías. Quizás el olivo no era olivo porque yo no quería que lo fuese. A lo mejor tampoco era cuadro por lo mismo. Lo vacío de la intención no respetaba la objetualidad de las ramas, las hojas, la corteza y la salvia. Seguramente Boudin entendió el violeta y el ocre porque buscaba entender la barca.

En ese momento pasó Juan y viendo el cuadro, le dio un final: “¡Has pintado mis olivos! ¡Alguien ha pintado mis olivos! ¡Están fantásticos!”

III. Yo no sé dibujar

Porque no, no soy un gran dibujante. Tampoco diría que uno bueno. Normalmente mis dibujos llegan hasta donde soy capaz, pero no sé dibujar. Jorge sí sabía, pero yo no.

Sin embargo, dibujo. Siempre desde foto, no sabría explicarlo. La fotografía no me interesa. Mi mirada tampoco es fotográfica. Una máquina que captura imágenes… ¡qué locura!, ¡si yo odio las imágenes! ¡Las odio! Lo que me encanta es crear (verbo grandilocuente), la pulsión de la materia y como se forma sobre el plano. Los colores y, sobre todo, el negro. Aunque el negro no es color, es masa. Una masa poco amable. Pero bueno, yo estaba hablando de dibujar.

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Yo no sé dibujar, me lo digo a menudo. Tampoco sé pintar, Ana sí sabía, pero yo no. La verdad es que no sé gran cosa, pero quiero hacer muchas. Quiero entender una pedrera, quiero conocer su espacialidad y saber cómo todo encaja. Quiero pintar baldosas para ver lo aburridas que son. Y quería dibujar a Laura, aunque ese día aún no lo sabía.

“The summer house”. Creo que la mejor manera de definir este lugar es como un espacio amable. Parece que Juan y Eric colocaron cada piedra pensando en ello. Hay olivos, unos olivos fantásticos, frutales y agua. Una casa modesta dividida en dos alturas, con un porche, escaleras y mucho silencio. Un silencio que solo rompen las conversaciones y, de vez en cuando, Lila Downs. Se nota que se construyó pensando en un hogar, y aunque este párrafo no le hace justicia, no se me ocurre otro nombre para describirlo.

Un paseo a última hora de la tarde, husmeando en los rincones de la finca.
De repente un muro y un olivo.
Después nada, pero hice una foto.
Luego hice otra.

No eran buenas fotografías, pero estas no las odiaba. Había unas plantas, un mueble viejo y unos alambres que formaban un porche. También salía Laura. En la otra había lo mismo, pero no era igual.


Tampoco eran iguales a las piedras, ni a los olivos. Eran otra cosa.